domingo, 1 de febrero de 2015

Vida de barrio. (Personajes.)

Había una vez,
un vasco sonriente,
una gallega que ahuyentaba a la vejez,
un madrileño
de todo menos bohemio
y un bailarín extremeño.
El vasco sonriente
era carnicero,
antes de eso inocente
y con don de gentes.
La gallega era alegre,
mas no sonriente,
y la gente no lo entendía,
y con el carnicero,
siempre discutía.
Pero, sin embargo,
cuando el madrileño
iba a la carnicería 
a hacer su encargo,
ellos se hacían amigos,
la gallega y el vasco.
El madrileño les contaba
todo lo que el bailarín callaba.
Sus amores,
y que odiaba ir de cama en cama.
El madrileño
se mofaba del extremeño,
a quien conocía desde pequeño.
Y cuando el bailarín entraba
no entendía por qué 
todos le observaban,
pero al final,
a conversar se animaba.
Y la gallega no soportaba
la sonrisa del vasco,
ni el vasco que el madrileño
fuera tan arisco,
ni el madrileño que el extremeño
sufriese tanto por amor,
ni el extremeño que la gallega
se alegrase de todo
y luego se quejase.
Pero a la gallega le gustaba
recordar cómo el carnicero,
cuando los otros eran críos,
tanto la besaba.
Y al vasco le gustaba ser el único
que supiese que el madrileño 
se encontraba los viernes
con la chica de sus sueños.
Y al madrileño le gustaba
que el extremeño conociese
a los duros dueños del póker,
y así ir al local con más clase,
y encima de gratis.
Y al bailarín le gustaba
que la gallega si estaba de buen humor
le invitase a tomar pastas
porque le gustaba si bailaba.
Y tal vez por eso,
por sus más y por sus menos,
ninguno del barrio se mudaba,
por mucho que en cada cumpleaños
siempre lo asegurara.


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