domingo, 1 de febrero de 2015

Sylvia (personaje)

Le gustaba recoger piedrecitas blancas de la playa, y oler la brisa marina que inundaba el aire. Se detenía a observar con sus grandes y atentos ojos negros cómo una pequeña mariposa se posaba en una flor diminuta para luego levantar el vuelo y marcharse de forma graciosa y ágil. Coleccionaba fotografías instantáneas de sus largos paseos por los jardines en flor. Le gustaba ir a las estaciones de tren más transitadas, y observar desde un banco las despedidas y los encuentros de las familias separadas, de las parejas ilusionadas y enamoradas, o de viejos amigos que ansiaban reunirse de nuevo. Tenía debilidad por los gatos negros, esos de las que la gente huye, aterrados por la mala suerte que los envuelve. Ella se acercaba y pasaba la mano por su suave lomo, mientras ellos ronroneaban, agradecidos de ser apreciados por una vez. Se sentaba a menudo cerca de un pequeño parque, donde un anciano ciego tocaba el acordeón, guiándose sólo por el tacto de sus dedos. A menudo, tomaba autobuses aleatorios, y sólo miraba por la ventanilla y observaba cómo el mundo giraba. Sobre todo los días lluviosos, en los que las pequeñas gotas de lluvia corrían por el cristal,  y ella seguía con la mirada, hasta que se estrellaban contra el filo del vidrio. Le gustaba el té a las cinco y media de la tarde, cuando el sol iluminaba las flores de los almendros cercanos a su casa. Era una chica solitaria, observadora y callada. Una chica que vagaba por el mundo bajo un largo abrigo rojo, armada con un pequeño cuaderno de cuero y una pluma de tinta azul. Su nombre era Sylvia, y entre todos los rostros serios que recorrían las calles, su pequeña y tímida sonrisa se abría paso, casi inadvertida.

Se llamaba Sylvia. Era una chica única, una incomprendida.

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